La ciudad de las bestias (Isabel Allende)

Alexander Cold, un muchacho americano de 15 años aficionado a tocar la flauta y al montañismo, se ve obligado a acompañar a su abuela, la aventurera, escritora y periodista Kate Cold, a una expedición a la selva amazónica organizada por la International Geographic y cuyo objetivo es capturar a la Bestia. Allí conocerá a su nueva amiga y compañera de viaje Nadia Santos y junto con un chamán llamado Walimai intentarán salvar a la gente de la neblina. Se internarán en el corazón del Amazonas y el muchacho descubrirá un mundo sorprendente y fantástico.

Alexander sufrirá una drástica metamorfosis de su personalidad durante el viaje, de ser una especie de “niño bien” al que le dan casi todo en bandeja pasa a convertirse en Jaguar, protector de la gente de la neblina, y es proclamado entre los indios como jefe para negociar con los nahab (o sea, los extranjeros a la tribu).

Sinceramente, tener una abuela como la que tiene este chaval no me agradaría ni un pelo. Bueno, ni a nadie. Eso de tener a un miembro de tu familia aficionado a los viajes por tierras extrañas y que explora medio mundo mientras tú te sigues peleando con la flauta porque no sabes lo que le pasa para que no te dé la nota Do, puede resultar ventajoso si la cosa va de presumir delante de tus amigos de que tienes una “superabuela”; pero, ay, ¿y si a tu pariente se le ocurre incluirte en una de sus aventuras? Sabiendo que éste considera “aventura” el internarse en la selva amazónica para capturar a una bestia gigantesca (lo que quiere decir que tiene una forma de ver el mundo opuesta a la tuya si consideras que para ti una “aventura” es acercarte a una montaña de más o menos altitud media y treparla bien sujeto a una cuerda y con “papi” cubriendo la retaguardia), directamente puedes decir que ya estás muerto.

Hay momentos en los que la fantasía y la realidad se funden de tal modo que es difícil poder distinguir qué cosas pertenecen a cada elemento. Lo curioso es que no te pierdes en ningún momento, aunque no estaría fuera de lo posible el hacerlo. Me recuerda en cierto modo a Los últimos días del Edén, la película protagonizada por Sean Connery bajo la dirección de John McTiernan (que ya me he tragado mil y una veces mientras intentaba evitar ver la “telebasura”) en la que un científico intenta descubrir una medicina milagrosa para curar el cáncer experimentando con los indios; pues aquí la doctora Omayra Torres quiere vacunar a los indios para evitar que se contagien de las enfermedades de los blancos (las malditas vacunas no dejarán de levantar sospechas durante todo el viaje para que al final no sean lo que parecen). También me recuerda a una película de dibujos animados de Disney titulada La ruta hacia El Dorado en la que dos españoles consiguen encontrar la ciudad de oro, solo que ésta es al revés: El Dorado no es de oro ni los dioses son los extranjeros; aquí destruye por completo el mito de la legendaria ciudad y, si todavía hay alguien en el mundo que crea en su existencia, después de leer esta novela se le quitarán todas las ganas de salir a buscarla.

Me ha gustado bastante y me ha parecido una lectura ideal para gente de todas las edades, mayores o pequeños: la aventura y la fantasía están aseguradas.

Blanca Martínez

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»La ciudad de las bestias (Isabel Allende)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «La ciudad de las bestias (Isabel Allende)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Manual para ser niño (Gabriel García Márquez)

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.

Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.

Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.

Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: "Toda vocación es un llamado". El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como "la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección". Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es "la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa". Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica, y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos daran sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos academicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. "Se educa de espaldas al arte", han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.

No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más enfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: "Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea". Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Manual para ser niño (Gabriel García Márquez)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Manual para ser niño (Gabriel García Márquez)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

LA ORATORIA (Jorge Mota)

LA ORATORIA
por Jorge Mota
Al esbozar este pequeño trabajo sobre la oratoria, he considerado importante añadir también unos comentarios sobre la psicología de las  masas y sobre la personalidad de "Jefe", toda vez que, en mayor o en  menor escala, un buen orador, tendrá directa o indirectamente la función de "leader".
LA PSICOLOGIA DE LAS MASAS.
Gustave Le Bon se ocupó de este tema con amplitud y su extenso estudio  al respecto sigue siendo una pieza fundamental no superada.  Cualquier  persona que quiera iniciarse en la oratoria, debe leer, repetidamente, la obre de Le Bon.
Aquí extractaremos sólo algunos pasajes a modo de orientación: "igualmente que para los seres entre los cuales no interviene el  razonamiento, en las muchedumbres la imaginación representativa es muy  poderosa, muy activa y susceptible de ser vivamente impresionada.  Las  imágenes evocadas en su espíritu por un personaje, un acontecimiento, un  accidente, tiene case la vivacidad de las cosas reales.  Las  muchedumbres están algo en el caso del soñador, cuya razón, suspendida  momentáneamente, deja surgir en su espíritu imágenes de una intensidad  extrema, pero que se disiparán rápidamente si pudiesen ser sometidas a   reflexión. "No siendo capaces las muchedumbres ni de reflexión ni de razonamiento , carecen de la noción de lo inverosímil, porque generalmente las cosas  más inverosímiles son las que hieren más profundamente su espíritu. "Lo maravilloso, lo legendario de los acontecimientos es siempre lo que  impresiona a las muchedumbres con mayor intensidad".
En otro pasaje, y en cierto modo como resumen de una serie de  razonamientos dice:   "Hemos demostrado que las muchedumbres no razonan; que admiten o rechazan las ideas en bloque; que no soportan discusión  ni contradicción, u que las sugestiones, actuando sobre ellas, invaden  completamente el campo de su entendimiento y tienden enseguida a transformarse en actos.  Hemos demostrado que las muchedumbres,  sugestionadas convenientemente, está prontas a sacrificarse por el ideal  que les fue sugerido.  Hemos visto también que sólo conocen los   sentimientos de violencia extremada; que en ellas la simpatía se   convierte pronto de adoración, y la simpatía, apenas nacida, se   convierte en odio.  Estas indicaciones generales permiten ya presentir  la naturaleza de sus convicciones".
Resumiendo Le Bon viene a afirmar que las masas como tales tienen la  personalidad distinta de los individuos que las forman.  Sus opiniones  constituyeron en su tiempo una novedad, sin embargo hoy han sido ya  estudiadas sistemáticamente todas las reacciones de las masas.  Todos  estos estudios, empero, partes de la obre de Le Bon y sobre ellos se  apoya el "arte" de la democracia, es decir, el arte de hacer creer a los dirigidos que son directores.
 Diversos autores han abundado en las opiniones del genial autor francés. Hitler, en "Mein Kampf" , comenta ampliamente el tema de las masa  resaltando que el hecho de "ser una masa convence de la razón", afirmación muy justa y tremendamente cierta.  El genial octor Robert   escribiría: "Por lo mismo que las masas no discurren , tampoco soportan    la contradicción.  Las masas piensan poco pero las masas sienten.  Las  masas no razonan, sino que solamente se mueven por el sentimiento", e  incluso en una gran película, "Un hombre para la eternidad" pudimos  anotar una frase muy elocuente al respecto: "las masas siguen a   cualquier cosa que se mueve".
Sin embargo como hemos apuntado,  y aunque no nos extenderemos al  respecto, los modernos estudios de formación de dirigentes, no olvidan esos principios fundamentales.  En la obra "Formación de dirigentes" de   Carlos Campoy, editada en 1971, podemos leer un espléndido resumen del libro de Le Bon, aunque no se indique así en el texto:
"A. La sociedad de masas es muy poco apta para el razonamiento, pero es  muy apta para la acción.
"B. La muchedumbre, actuando masivamente, posee un alma colectiva que  motiva pensamientos, sentimientos y acciones, distintas a aquellas de  las que serían capaces de hacer aisladamente, los individuos que las  integran.  "C. Muy pocas veces son guiadas por la razón, careciendo de poder sobre ellas las leyes de la lógica.  Por eso , sus dirigentes o líderes,  invocan sus sentimientos y nunca su razón"  continuando en otros puntos  diciendo que son susceptibles de una moralidad extrema, son intolerables  y autoritarias, simples y exageradas, sugestionables y crédulas." Sólo encontramos un gran error en Le Bon al afirmar que a través de los  periódicos es muy difícil crear un gran movimiento de opinión. Realmente hay que tener en cuenta la época en que vivió el autor , pero indudablemente hoy sabemos muy bien que es no sólo posible, sino  habitual.  Aspectos importantes que afectan a cada persona  individualmente como el impuesto de renta, no crea ni pintadas, ni manifestaciones, ni protestas, simplemente porque no es estimulado por la prensa.  La prensa crea pequeños líderes de corta duración para   evitar la pérdida de su control y procura que esos líderes no tengan realmente calidad de tales en cuyo caso podrían independizarse. En otros dos puntos hemos de mostrar una pequeña divergencia con Le  Bon.  Dicho autor viene a asegurar – como ya hemos dicho – que las masas  tienen una personalidad propia.
Realmente este aspecto es discutible, pues lo que les confiere esa "personalidad" es el anonimato y la  impunidad.  Muy probablemente las personas que forman esa masa, solas,  pero garantizando el anonimato y la impunidad, actuarían de igual forma.
Le Bon en cierto modo hace referencia a este hecho, pero no lo pone    debidamente de manifiesto y ello tiene su importancia pues habrá que pensar que cuando las personas individuales que forman las masa, sean  incapaces de actuar injustamente, – pese a la garantía de impunidad y    anonimato – , esas masas, formadas por esas personas, tampoco lo harán.
Otro punto de discrepancia con Le Bon – aunque más bien en orden  teórico – es que analizando sus comentarios se llega a la conclusión de que el buen "jefe", el  buen "orador" es el que sabe adaptarse a esas   características de las masas, es decir, el que sabe ser superficial, exagerado, intolerante, etc.  De haber conocido Le Bon a Hitler, muy posiblemente habría dicho que ere el prototipo ideal que él había defino en su libro.  Muchos camaradas incluso lo pensarán también, sin embargo Hitler supo arrastrar a las masas diciéndoles algo, sus discursos no son una sucesión de slogans más o menos convincentes.
Los discursos de Hitler son profundos, están llenos de ideas, de grandes ideas.  Hitler  en Nüremberg, en sus grandes discursos culturales, hablaba a las masas de arte, de moral, de ética.  Nada más falso que pretender que las masas  son y serán como son y los líderes ha de ser como son y serán las masas. El papel del líder – y eso ya lo trataremos luego en la oratoria – ha de  pretender elevar a esas masas, educarlas y lograr cambiarlas, otro  proceder sería tan absurdo como el misionero que para lograr feligreses, reparte entre los negros chocolate y abalorios.  Efectivamente tendrá sin duda muchos más seguidores, pero durante mucho menos tiempo que   aquel que se ha preocupado de convencerles.  Ser líder de una masa que  no va a ninguna parte tiene tanto interés como comprar uncoche sin motor.
Lo que sí es indudablemente cierto es que en una reunión donde no existe previamente un responsable, es imposible sacar conclusiones, independientemente de que esté formada por gente eminente o por  estúpidos.  Este es un fenómeno que no tiene su origen en la masa, o en lla gente reunida, sino en la organización, pero que no deja de ser interesante constatar.
En todo caso las masas pueden ser controladas por medio de la  disciplina. Hay masas más salvajes que otras.  Al término de la guerra mundial se puso de manifiesto este hecho y Francia e Italia se pusieron rápidamente en cabeza de la brutalidad de las masas, mientras que en  países anglosajones o germánicos se produjo una depuración igual pero en  forma más civilizada.
Creo que el motivo de este hecho habría que buscarlo en que esas   naciones son, por naturaleza, más disciplinadas, más obedientes. Conciben menos ese actuar individualista típico latino.  Esas masas esperarían más una orden de "vamos!" que un grito en igual sentido.  El  sentido de la disciplina, de la rectitud y, fundamentalmente, la  educación, puede lograr, estoy convencido, que en el futuro el espíritu  de las masas no se ajuste a lo escrito por Le Bon.
 
EL JEFE.
Un orador tiene que ser un Jefe.  Puede no ser el Jefe Principal, incluso ese Jefe Principal puede no ser orador, pero indiscutiblemente   el orador será un jefe tanto si se lo propone como si quiere evitarlo. Ello hace que sea conveniente analizar, aunque someramente, las virtudes que debe poseer un jefe.
Si observamos con detenimiento toda la sociedad que nos rodea veremos  que está organizada jerarquicamente, desde el deporte, donde hay un "capitán" en cada equipo, un entrenador, etc., hasta las empresas donde  todo son jefes y jefecillos.  La sociedad actual, como cualquier otra  del pasado , se articula en un sistema jerárquico.
A Joaquín Bochaca le preguntaron en el curso de un extenso examen psicotécnico, si él creía que los hombre eran iguales.  Bochaca se  limitó a decir que si fuesen iguales no le estarían haciendo a él un  examen psicotécnico.  La evidencia dejó sin respuesta al examinador  pero, indudablemente, no le convenció, pues todo el mundo "sabe" que no puede ser convencido de según que cosas. En la sociedad capitalista todo está organizado alrededor de los  "líderes", aunque se les llame "ídolos", "estrellas", etc., son  realmente líderes falsos.  Son encumbrados a placer y hundidos al gusto, pero fundamentalmente con ellos mueven a las masas o las distraen.
En el libro mencionado antes sobre "Formación de Dirigentes" –  básicamente relativo a directivos de empresa _ se contienen algunos puntos plenamente válidos y que quizás no es necesario transcribir por conocidos, sin embargo es curioso constatar como en la formación de  mandos de empresas se reconoce el papel de líder, del Jefe, si bien constatando a su vez que en la sociedad actual hay multitud de  organizamos creados para dificultar la labor a ese líder – Parlamentos, Consejos de Administración…- elaborándose también los sistemas para conseguir la aquiescencia de dichos organismos. Una gran diferencia entre el concepto capitalista del "Jefe" y nuestro "Führerprincip" (principio de caudillaje), la tenemos en que para la  mentalidad democrática el líder puede ser formado en una escuela de dirigentes, mientras que nosotros reconocemos que es precisa una  cualidad interna básica e innata.
Realmente el capitalismo crea sus líderes, líderes a la medida de sus  necesidades y efectivamente son prácticamente elegidos al azar, pero justamente eso es así porque les interesa que ese supuesto "líder" tenga   sólo la apariencia de tal, diferente de nuestro "Líder" que debe serlo  plenamente, debe dirigir y no ser dirigido.
Contrariamente es también común el error de pensar que el jefe "no se  hace, nace".  Esta afirmación tiene tanto de cierta como la anterior.  El jefe realmente nace, pero precisa de una educación.  En ejemplo muy  ilustrativo de Clausewitz, diremos que el jefe es el río y los conocimientos técnicos los afluentes. Uno y otros se complementas.Es posible que un jefe que nace, también por instinto se forme él mismo autodidácticamente, pero realmente un conocimiento adquirido y unas técnicas adecuadas pueden descubrir más fácilmente la personalidad de un  jefe. Las virtudes que deben tener los jefes son, en líneas generales, las   siguientes: Inteligencia y fuerza intelectual; voluntad fuerte y tenaz; actividad, dinamismo y trabajo; energía y, en caso necesario, audacia; sentimiento de responsabilidad; sentimiento del deber; preocupación por  el bien común; gran cultura general; capacidad organizativa, mando; capacidad administrativa, previsión; conocimientos generales de cosas muy diferentes del mismo ámbito; competencia en la especialidad propia; capacida física y mental; capacidad de relación social con hombres  diversos; altruismo; sinceridad; lealtad; rectitud; confianza en sí  mismo; optimismo; presencia física; seguridad ; valentía; independencia  de intereses o personas; comprensión; intransigencia; sugestión (simpatía, atracción ); serenidad ( flema ); alegría; ser reservado; espíritu de cooperación; ambición. Contrariamente los defectos de los que debe carecer, además de los que por se contrarios a las virtudes mencionadas ya se presuponga, son :Exigir mucho de los demás; tomarlo todo al pie de la letra; estar inclinado a generalizar; reaccionar ante todo; reaccionar coléricamente; intenso apasionamiento; capacidad de odio intenso; incapaz de olvidar  una injusticia; incapaz de mantener una actitud; ser socialmente indiferente; ser intratable; despertar malos sentimientos; ser  pesimista; dar demasiada importancia a problemas pequeños; no tener una  escala de valores definidos para ordenar cada cosa en su importancia;  ser desagradable en el trato.
De hecho de estar virtudes y defectos podría decirse en justicia que ni  son todas las que estás ni están todas las que son.  Se trata más bien  de una recopilación de lo que diversos autores han opinado sobre el  tema.  Con gusto añadiría o suprimiría de la lista, aquellas que se me  puedan indicar erróneas. Por ejemplo la presencia física me había pasado totalmente por alto,  pese a ser de importancia decisiva.  Fue Enrique Aynat quien con ocasión  de un conferencia en Valencia me hizo dar cuenta de la omisión.  León  Degrelle, por ejemplo, lleva en una maleta una americana sólo para el  momento de hablar.  Una vez acabado un acto se cambia de vestido.  Político como Adolfo Suarez han debido buena parte de su éxito a su  presencia física, pero incluso aquellos que poseen un mal aspecto, son  "arreglado" por maquilladores y sastres.  La presencia física tiene  ciertamente mucha importancia.
Personalmente pedí a varios camaradas que me conocían desde hacía  bastante años, que hiciesen una valoración mía según esas "virtudes" y  "defectos" del Jefe.  Yo mismo me punté también y otro camarada, recién  entrado en CEDADE, hizo igualmente su valoración.  El camarada nuevo,  -que indudablemente me conocía muy poco- , bien por ignorancia o por  respeto fue muy generoso en su puntuación, con un 7 en las virtudes y un  3 en los defectos.  Sin embargo los otros, incluido yo mismo,  coincidimos bastante en la puntuación, siendo más o menos de 7 en las  virtudes y 7 en los defectos.
Con un ligero saldo a favor tenía  indudablemente que reconocer que mis defectos anulaban mis virtudes. Creo que es interesante que cada cual se haga a sí mismo y a sus  mandos, una valoración privada según esas virtudes y defectos.  Ayuda  mucho a corregirse o a formarse, el tener una clara visión de la  situación personal.
Esto es tanto más interesante cuanto que hay determinadas virtudes, al  igual que determinados defectos, que si se hallan incorporados a la  manera de ser, al "estilo", de CEDADE.
No ha de extrañar que esto ocurra, pues personas que en un mundo  absolutamente hostil, confluyen desde diversos puntos a un mismo lugar,  han de tener necesariamente unas características comunes.  Ejemplo  plenamente manifiesto al respecto lo constituye un examen psicotécnico  realizado por tres destacados miembros de CEDADE en una misma empresa.  El resultado de los tres exámenes, realizados con considerable  diferencia de tiempo -años-, es sorprendentemente similar.  Junto a  algunos rasgos típicos de cada cual, se mencionaron en dicho informe  -que dicho sea de paso costó- 120.00 pesetas- diversas características  comunes a los tres y raras en otros compañeros de trabajo: tendencia a sentirse bien entre pequeño grupo (no espíritu de masa); serios e introvertidos; seguridad en sí mismos; ambición; capacidad al razonamiento abstracto; reflejos mentales; rigidez de espíritu    acentuada honradez; tenacidad; dotes de mando (tendencia al liderazgo autocrático, uno de ellos); facilidad numérica; sensibilidad muy acusada; capaces de prescindir del afecto de los demás. Es verdaderamente curioso observar que estas tres personas, de sexo y  edad diferentes, posean las tres "facilidad numérica" o "capacidad al razonamiento abstracto", lo cual puede tratarse de una casualidad o del  resultado de las otras características. Algunos problemas relacionados con la "Jefatura", tiene una especial  característica en CEDADE. Una de esas peculiaridades es la de que no se  posee ningún medio coactivo que pueda obligar a cumplir las órdenes. En las empresas la obediencia se basa en el sueldo y, eventualmente, en  el afán de ascenso.  En el Ejercito la obediencia se halla enmarcada por  sanciones a troche y moche.  Contrariamente en CEDADE la obediencia ha  de ser voluntaria, espontánea y sincera.  Esto hace que, unido a una  época anárquica como la actual y a la naturaleza de los españoles, la  disciplina brille más bien por su ausencia.  Las cualidades del Jefe en  CEDADE tienen que tener una gran parte de sicología.  Como muy bien me  decía hace poco nuestro Presidente Pedro Varela, sólo se puede ordenar a  la gente aquello que sabes de antemano que va a cumplir.  Se precisa  pues un sexto sentido o una gran sigología, para lograr la apariencia  externa de disciplina.
El problema que atraviesa CEDADE -como todos los partidos sin  excepción-, es la falta de mandos.  Poseemos muchos soldados, peor muy  pocos oficiales y jefes.  Es por ello que esa sicología de los mandos de  CEDADE, deban emplearse en saber elegir bien a los futuros militantes. Ante todo nuevo militante se presentan los tres grados clásicos para su  incorporación a la lucha: integración, actuación y participación.  Es  necesario cuidar con más interés a aquellos futuros miembros de los que  podamos sospechar que en el futuro puedan ser mando.  Ello lo hemos de  hacer incluso cuando esos futuros mandos, nos desplacen a nosotros.  En  la actualidad el militante se integra más que lo integramos.  Igualmente su actuación es casi siempre por iniciativa propia e,  indudablemente, la participación parte de él en la mayoría de ocasiones. Evidentemente el sistema capitalista, o las estructuras empresariales,  cuentan con dos factores de los que carecemos: el dinero y el halago.  Dos armas muy importantes para controlar a los subalternos o impresionar  a los superiores.  No pudiendo utilizar ninguna de ambas, es realmente  difícil lograr una cohesión y cuando se logra ello es indudablemente una  virtud del jefe.
En CEDADE nos encontramos ahora en un momento de transición que trae  consigo graves problemas organizativos.  Hasta ahora éramos demasiado  pocos para tener que integrarnos en un esquema organizativo  perfectamente estructurado.  Ahora, sin embargo no somos todavía los  suficientes, pero somos demasiados como para continuar como hasta ahora,  con un sistema simple de responsabilidad y funciones otorgados oralmente  sobre la marcha y cambiadas en poco tiempo.
A este constante cambio de mando y funciones, contribuye en buen manera  el hecho de que una parte de la militancia es "flotante".  Viene a  CEDADE a cumplir una especie de servicio militar y se marcha al cabo de  unos pocos meses o años.  Sin embargo, constatando este hecho, se  precisa la estructura adecuada para minimizar su aspecto negativo y  convertirlo en positivo.  Todo ello lleva a carecer de una estrategia definida.  Ello resulta  imposible ya que todo plan estratégico requiere una proyección a varios  años vista y ello es prácticamente imposible cuando las piezas claves de  esas estrategias cambian o abandonas CEDADE. sean determinantes dentro de un plan general.  El hecho de contar con un  buen diseñador gráfico ha influenciado en buena manera el aspecto  exterior de CEDADE.  Si en lugar de un diseñador hubiésemos dispuesto de  un diseñador de carteles, ello se habría notado igualmente.  En una  empresa una persona que cesa es sustituida por otra, pero aquí se está  al arbitrio de lo que "venga", que debe ser aprovechado una vez viene y  sobre la marcha.
Igualmente constituye una dificultad importante para todo mando,  delegado etc. el conciliar la convivencia de personas de la tercera  edad, junto a hombres maduros y jóvenes de 15 años.  Todo ello requiere  unas virtudes my difíciles de alcanzar, por lo que, habitualmente, el  círculo de personas que rodea a un determinado mando, es similar a su  propia edad, lo cual es indudablemente un fracaso.
El Jefe debe tener, como he dicho, una profunda sicología.  12 puntos  básicos son enumerados en el libro de Campoy y conviene relacionarlos  con todo detalle:
"1. El hombre es una unidad psicológica.
"2. Existen grandes diferencias entre las personas.  todo individuodebe ser tratado con arreglo a sus personalidad.
"3. La conducta del hombre no es lógica, sino psicológica.
"4. Toda persona tiende a conservar su integridad física y su vida.
"5. Toda persona tiende a conservar su integridad moral y su estimación.
"6. Toda persona tiende a la agrupación.
"7. Toda persona tiende a repetir aquello que ha tenido éxito.
"8. Existe una gran resistencia a los cambios.
"9. Existe una repulsión por las situaciones que no permiten un cierta libertad de acción al individuo y por las que la permiten en exceso.
"10. Todo los juicios de las personas tienen carácter comparativo.
"11. hay una tendencia a terminar las tareas comenzadas.
"12. Existe una necesidad de conocer los resultados de la propia situación. "
Quizás habría que discrepar el punto 6 pues realmente, en los últimos  años, la tendencia a la asociación se ha perdido en un cada vez más  creciente individualismo en todos los órdenes.  Esa tendencia abstracta  a la asociación sigue existiendo es situaciones especiales, cuando el  hombre solo siente miedo y precisa de estar integrado en una unidad  mayor, pero los medios modernos de propaganda y especialmente la  televisión, han logrado plenamente matar ese instinto.
Como punto suplementario añadiría una que dijese que "toda persona es  sensible al halago".  Es verdaderamente difícil encontrar una persona  que pueda opinar sobre otra, sin que influyan en esta opinión la actitud  y pensamiento de esa persona en cuestión con relación a él.  Se tiende a  simpatizar con el que nos halaga y a sentir poco entusiasmo hacia quien  nos critica.
Esos 12 (con el último, 13) puntos de sicología aplicada, hay que  conocerlos, tanto para poder tratar a los demás, como para corregir  aquellos que pueden
ser defectos en un mando.
Para terminar con este apartado, y dentro de las necesidades de CEDADE,  hay que mencionar una vez más, que el espíritu jerárquico no significa  autocrático.  La jerarquía distribuye responsabilidades no órdenes.  Da  a cada cual un ámbito de actuación.  Todo control obsesivo sobre los  subalternos acaba por hacerles perder el interés por el trabajo.  En las  empresas puede constatarse plenamente que personas de una gran eficacia  la pierden al recortarles sus responsabilidades y al tener ingerencias  de sus superiores en asuntos de su competencia.
En las empresas esas personas dejen de rendir al haber matado su  interés, pero continúan pues están sujetas por un sueldo y quizás, con  un cambio de jefes, puede despertarse de nuevo su entusiasmo.  En CEDADE  esas personas marchan y muchas veces los mandos no llegan a enterarse de  los motivos que las llevaron a irse y que, de haberlos conocido, podrían  hacerse subsanado.
En cierto modo el sistema democrático tiene un interés y un aplicación.  En pequeño grupo puede ser útil, especialmente cuando se trata de tomar  resoluciones que afectan directamente a las personas.  Así por ejemplo  antes de imponer un mando sobre unos militantes, debe conocerse la  opinión de éstos. El mejor líder del mundo sería ineficaz entre personas  que de buen principio le rechazan.
Al igual que marchando un grupo por un camino es lógico que se consulte  la opinión de todos antes de tomar una u otra dirección, así aquellos  problemas que afectan a todos, tienen que resolverse conociendo la  opinión de la mayoría.  La mayoría no debe decidir, pero debe respetarse  su opinión. Es
importante discutir algunos problemas con personas cuya opinión puede ser estimable.  Escuchar las diversas opiniones y, sin intervenir, observar las actitudes de cada cual.  Al término de la discusión podrá  tomarse una postura mucho mejor nacida del conjunto de ideas de todos. Lo que no debe hacer el Jefe es participar de la discusión, pero si  escucharla para poder actuar con el mejor provecho.
Igualmente hay que hacer caso de la mayoría cuando, sin excepción, se  queja de una actitud o de una situación.  Cuando todos o una gran parte, repiten exactamente lo mismo, habrá que pensar que tienen razón.  Sin  embargo en esos casos hay que tener mucho cuidado de que realmente sea  la opinión de la mayoría y no la de unos pocos que gritan más que los  otros y que procuran dar la sensación de número.
ORATORIA
A lo largo de la historia -de la más reciente- ha habido diversas  personas que han cobrado fama por su facilidad como oradores.  De 1900  hasta 1940, fueron los oradores la base y fundamento de toda acción  política.   Hitler en "Mein Kampf", deja claro que los oradores son los  que arrastran a la masas y no los escritores.  Todas las observaciones  de Hitler al respecto son tremendamente ciertas, sin embargo, casual o  premeditadamente, los tiempos cambian.  Hombres como Lerroux, Hitler o Degrele, podrían llegar a tener un poder  enorme por medio de su simple palabra, de al tremendamente barato y que  no podía prohibirse -aunque a Hitler se le llegó a prohibir-.  Cualquier  persona podía convertirse en un peligro y ello tenía que se remediado. La televisión iba a sustituir con ventaja a la oratoria.  Es importante  es constatación porque muchos camaradas que están tentados a pensar que  el "Mi Lucha" es un libro plenamente actual, han de tener en cuenta que  trasladar a nuestra época las consideraciones de Hitler sería erróneo.
No voy a pretender tampoco tener yo la clave de la "oratoria hoy",  puedo, cuando menos, afirmar que he procurado estudiar el problema con  detenimiento.Se ha dicho de mí en ocasiones, que soy un buen orador.  El camarada  Otto Skorzeny llegó a decir después de un mitin en el que intervine que puedo ser buen orador dentro de CEDADE, pero disto mucho  de ser lo que realmente puede calificarse de "buen orador".  Ello no  no es  falsa modestia, sino el resultado de mis estudios sobre el tema, sobre ello volveremos luego.  Lo que es importante constatar es la diferencia existente entre los años
30 y la actualidad.  En aquella época, tanto en alemania como en spaña, no existía la televisión, y la radio era un lujo.  Millones de parados, verdaderamente arruinados, no podían hacer otra cosa que quedarse en la  mísera habitación que poseían o salir a la calle.  Los parados de los   años treinta estaban en la calle y no como ahora en sus casa, cuando no  eran en los bares.
Esos millones de parados, preocupado por su existencia física, por la  comida del día siguiente, eran el público que llenaba los grandes  locales.  Hitler, como Degrelle, cobraban entrada en sus mítines.  Eso era realmente insólito y tanto más en su tiempo, pero lo normal era   poder estar 4 ó 5 horas gratis, escuchando un mitin.  Si esto ocurría en  España, imaginemos a alemania o Inglaterra en pleno invierno.
Los oradores, esos grandes oradores, muy pocos, hablaban tres, cuatro y  hasta cinco horas seguidas, pero ahora la situación ha cambiado.
Realmente cinco horas seguidas es imposible encontrarlas libres en un  mundo tiranizado por la falta de tiempo. La gente que llena los mítines hoy no son obreros parados preocupados por su comida,  De hecho los parados de hoy no tienen en general  problemas de comida, pero además no son los que llenan los mítines.  La  gente que llena los mítines son los aficionados a la política, gente en  cierto modo culta o por lo menos entendida en el tema del que se  diserta.  La gente que asiste a los mítines va a divertirse, a pasar un  rato divertido, a gritar un poco y a aplaudir frenéticamente las mejores  frases.  Por ello realmente hay que proporcionarles esa diversión.  No  podemos ser graves y taciturnos, el público de los mítines va a estos  actos un poco como "esparcimiento" y no volverá a menudo si le sembramos  el porvenir de negros presagios.
Como he dicho, la primera vez que me escuchó Skorzeny dijo que era un  doctor Goebbels, mientas que la siguiente, afirmó que era un orador  malísimo.  Por qué? Le escribí preguntándole el motivo de este cambio de  opinión, pero lamentablemente falleció antes de que pudiésemos hablar  extensamente sobre el tema, sin embargo, pude analizar personalmente  ambos actos y con lo que me había dicho Skorzeny, encontré la  explicación.
El primer acto había sido la fundación de CEDADE en Madrid.  Tuve la  suerte de que en la sala de hallaban presentes los recién "expulsados"  diplomáticos de la china nacionalista.  Una alusión a ellos levantó una  ovación y "caldeo" un acto que discurría hacia la monotonía y el  aburrimiento.
Sin embargo en este acto yo hablé de ideología, de  socialismo, dije realmente algo, y aunque el público se limitó a  aplaudir los aspectos menos profundos, se sintió unido al conjunto del  Poco a poco la mayoría de los asistentes a nuestro actos dejaban de ser  gente mayor para estar llena la sala de jóvenes.  Las frases que  aplaudía la gente no eran ya la alusión despectiva al vaticano, o alguna  referencia al 18 de julio, sino temas como la banca, el sionismo, etc.
Habíamos seguido el buen camino, gracias en parte a las recomendaciones de Skorzeny.  No basto con arrastrar a las masas, sino que hay que  arrastrarlas hacia alguna parte.  La fácil demagogia oratoria, puede  llevar a que sean las masas las que re arrastren a ti, como nos había  ocurrido los primeros tiempos.  Mirando el público, sabía de lo que  tenías que hablar. ocurrido los primeros tiempos.
De toda esta experiencia de años, y de haber hablado con los mejores  oradores que he podido y haber escuchado al resto, creo que en la  actualidad la oratoria tiene un carácter diferente de la de los años 30.  Lo importante no es lo que se dice, quien lo dice, a quién, por qué y  cuando lo dice, sino que lo determinante es "como lo dice".  es decisiva  la forma de decir las cosas y para ello cre que debe servir de magnífica  norma el más depurado humor inglés.  Jerome K. Jerome y Wodehause, son dos autores para leer todo aquellos  que quieran ser oradores.  Este tipo de humor siempre se ha  caracterizado por basarse en la forma de decir las cosas.  Las mismas  cosas dichas de otra forma, carecerían de interés.
Al empezar un mitin, creo que n Valencia, dije de buen principio más o  menos: "A mi me toca hablar de la democracia, es decir, la mía no es una  conferencia seria".  Ello despertó risas y los aplauso, por dos motivos:  Por inesperado (lo inesperado produce hilaridad) y por la forma de  decirlo.  Si hubiese dicho que la democracia no era seria, ello no  habría sorprendido a nadie.
A diferencia de lo que dice Hitler, creo que los mítines actuales tienen  que tener una duración máxima de tres cuartos de hora por orador y dos  horas máximo el conjunto.  Puede extenderse un solo orador durante una  hora o máximo hora y media, pero basto mirar al público para darse  cuente de que, pro interesado que esté en el asunto, empieza a estar  cansado.  Un portentoso orador, al igual que un genial director de cine,  quizá pueda extenderse más tiempo, pero constituirá la excepción a la  regla general.
El orador actual, además ha de ser muy versátil. Debe saber hablar en  forma diferente a públicos diferentes o en lugares diferentes.  De los  grandes oradores del pasado, muy poco lo lograban.  En general el orador  es considerado como el que habla a las masa y basta.
En la actualidad la técnica de la oratoria tiene en la gran sala de  mítines, sólo un parte, y pequeña, de lo que la oratoria debe ser.  Se  ha de saber hablar en la radio, en una universidad, en una fábrica, en  la televisión, en la calle, en el trabajo… A este respecto la lectura  de los primeros discursos de Hitler en 1933 es prácticamente  obligatoria.  Hitler habla de las SA, a la masa del pueblo en el Palacio  de Deportes, al Parlamento en el Reichstag y a un círculo restringido de  autoridades, y en las cuatro ocasiones expone las mismas cosas pero en  forma absolutamente distinta.  Esos cuatro discursos constituyen un  ejemplo de lo indicado.
 COMO PREPARAR UN DISCURSO.
Antes de empezar a hablar en público procure hablar con algunos oradores  famosos.  Pude hablar del tema especialmente con Jesús Suevos, un hombre  sorprendente que hablaba y escribía muy bien, fenómeno poco usual.  No  puede hablar sobre el tema con Blas Piñar, pero asistí a diversos actos  de este genial orador.  También asistí a algunos de Jiménez de Parga que  en esa tiempo era el hombre de "izquierdas" que tenía mayor poder de  convocatoria .  También hablé con León Degrelle sobre como preparar un  discurso.
Para mí Jesús Suevos era el orador más inteligente de la política  española, sabía ser claro y sobre todo profundo.  Blas Piñar es muy  "italianizante" es sus mítines.  Más que un orador es un actor, pero  realmente es el orador adecuado al público que asiste a sus actos.  Su  forma de hablar, si papel ni notas, es sorprendente.  Construye las  frases con absoluta corrección y da la impresión de estar leyendo.  Jiménez de Praga, era un orador gris, pero que en una sala llena de  policías y falangistas esperando el momento oportuno, hacía unas  críticas durísimas logrando que las autoridades no se percatasen de  ellas, aunque lamentablemente sus seguidores, como puede comprobar,  tampoco, limitándose a aplaudirle en algunos momento de escaso interés. Jesús Suevos me dijo que para se orador había que hablar,  constantemente, no para, permanentemente y a todas horas y que luego era  cuestión de subir al estrado y zás.  Lo mismo me dijo León Degrelle.  Según él basto con empezar a hablar y seguir durante el rato que  convenga.  Indudablemente parece este el mismo procedimiento de Blas  Piñar, mientras que Hitler, por lo que he leído, dictaba a sus  secretarias los discurso el día anterior a la fecha en cuestión, y tal  como se lo escribían directamente a máquina, los leía en las sesiones  del Reichstag.  Sus colaboradores decían que esos discurso estaban  llenos de alusiones a temas había tratado con ellos durante la semana  anterior, es decir, lo que me había indicado Jesús Suevos.  Además el 80  por ciento de los discursos de Adolf Hitler eran improvisados.  Dictaba  lo que había de dar en el Reichstag y que podían tener trascendencia  política internacional, una vez ya en el poder.
El análisis de todo esto me ha llevado a la afirmación de que yo no soy  en absoluto buen orador.  Yo tengo que preparar mis discursos y además  tengo ciertas limitaciones.  Como máximo podría dar uno cada tres mese, toda vez que me resulta muy molesto repetirme.  Especialmente cuando se  trata de ironías o salidas graciosas, la repetición me daría la  sensación de ser un actor y no un orador.
Estos grandes oradores, por lo que se ve, no precisan preparación  alguna.  Ocasionalmente Hitler llevaba durante sus campañas electorales, un papel en la mano con algunas anotaciones, pero en todo caso creo que  para aquellos que no somos superdotados, es precisa una preparación.
Lo primero es elegir el tema general.  Se puede elegir un máximo de  cuatro o cinco temas bastante diferentes entre sí.  Un discurso de una  hora no da para más.  Imaginemos que el tema elegido para el mitin es  "LA DEMOCRACIA".  Lo dividimos en cuatro temas, que podrían se IGUALDAD, LIBERTAD, FRATERNIDAD, PAZ.  Esos temas lo podemos subdividir en otro subtemas, IGUALDAD: de sexos, de razas, de creencias, etc.  LIBERTAD, de , de trabajo, de  pensamiento.  FRATERNIDAD, entre los pueblos, entre las razas, entre las  ideologías.  PAZ, entre las naciones, los bloques, etc.  Dentro de cada  subapartado podemos poner indicaciones marginales.  En la página  siguiente voy a indicar en forma de esquema una forma de presentarlo. En ese papel inicial en que indicamos los temas, podemos hacer cuantas  anotaciones queramos, pero lo que no hacerse es a última hora, hacerlo  de nuevo, en limpio, porque mientras hablemos no nos acordaremos  absolutamente de nada.  Si conservamos el papel original, la memoria  fotográfica, recuerda los tonos diferentes de las anotaciones en los  lados, etc.  Hacerlo de nuevo obliga a llevarlo en la mano y consultarlo  periódicamente.
Hay que tener presente que pese a los mejores deseos, nos olvidaremos de  cosas importantes y que, aún teniendo el papel en las manos, no  encontraremos momento para mirarlo, pues esas décimas de segundo  necesarias parecen siglos cuando todo el mundo está exclusivamente  pendiente de uno. Igualmente hay que tener en cuanta que si preparamos  un discurso de una hora, la duración real en el mitin será como máximo  de la mitad.
No hace falta decir que con el tiempo y la experiencia todas estas                                 dificultades van siendo vencidas, pero los que han dado alguna  conferencia o discurso, saben que eso pasa exactamente así. El esquema de un discurso, según lo indicado antes podría ser:
IGUALDAD
sexos
En el trabajo
En la familia
En la política.
de raza
Gitanos
Negros
Judíos
Arabes
de creencias.
etc.
 LIBERTAD

marchar al extranjero
marchar a otra provincia
cambiar de piso
de trabajo
etc.
Y así sucesivamente.  Este esquema quedará memorizado rápidamente.  Lo aprendérselo de memoria, pues si surge algún inconveniente y debe uno  terminar antes de los previsto o extenderse más tiempo, le será  imposible.  Le ocurrirá como esos "cicerones" de las catedrales que se  conocen la explicación de carretilla y que cuando son interrumpidos para  preguntarles la hora, deben empezar desde el principio para continuar en  el lugar eaxácto.
Con ocasión de un acto celebrado en Barcelona, yo pedí que no se me  colocase en último lugar pues no quería llevar el peso del mitin, ya que  era un acto conjunto entre varios grupos.  había previsto cuatro  oradores principales, pero en el momento de actuar sólo apareció uno y  yo mismo.  El otro que debía hablar el último, me pidió cambiar el  orden.  Yo había previsto un discurso ideológico dejando para él la  parte "mitinera".  Pero al tener que cambiar de orden, y especialmente al hacer intervenido él antes que yo con un discurso muy bien preparado  e ingenioso, no me quedó más remedio que cambiar totalmente el orden de  lo que pensaba decir, así como la manera de decirlo.  Aquel fue también  un acto memorable porque igual que he comentado antes, fue un acto en el  que se dijeron cosas, un acto con contenido.  Quizás la falta de  oradores fue el mayor éxito.  Sin embargo el orador que me procedía, que  como he dicho, dio un discurso admirable, lo llevaba escrito y no tenía  más remedio que seguir el texto, lo cual debe evitarse.
COMO DAR UN DISCURSO
Hay algunos aspectos externos que tiene para mí indudable importancia.  Es fundamental no lee y, en la medida de lo posible, no llevar notas en  la mano.  Si queremos llevarlas las podemos dejar en un bolsillo por si  hemos de recurrir a ellas o, incluir alguna cita contextual larga y  aprovechar la ocasión para llevar anotaciones en dicha cita.  Hemos de  llevar los bolsillos vacíos o hacer, como Degrelle -mencionado antes- ,  que lleva una americana solo para el mitin.  Si llevamos algo en los  bolsillos con el movimiento lógico del discurso puedo uno, entre la  calderrrilla y las llaves, parecerse a un trineo con sus peculiares  campanitas. hay que evitar balancearse.  Esto es tanto más importante cuando detrás  del orador hay algún símbolo muy contrastado, -blanco sobre rojo, por  por  ejemplo-, que va emergiendo por la derecha y la izquierda de la cabeza  del orador.  Tampoco conviene mucho de un lado al otro.  Hay que  disponer de un estrado sin nadie ni nada.
  Tampoco conviene mucho de un lado al otro.  Hay que  disponer de un estrado sin nadie ni nada.  Creo que nunca lo he  conseguido pero insisto en ello.
Sobre el estrado, sin arreglatorio, ni  botella, ni mesa barroca, etc. debe estar únicamente el orador, sin nada  en las manos, y empezar a hablar como lo estaría haciendo en su casa. Equivocarse, tartamudear, confundirse, etc., no tiene mayor  importancia.  Al contrario, da la sensación de una conversación normal,  siempre que uno no se vea nervioso o confundido.  Si nos equivocamos no  hemos de preocupar, pues la mayoría de gente apenas se da cuenta.  No  hemos de cometer el error de decir "mocasines" en lugar de "adoquines"  y, llamar nosotros mismos la atención sobre ello, diciendo el clásico,  "perdón, queríamos decir…", pues entonces todo el mundo ríe, mientras que nadie lo hará si continuamos.
En ocasiones, cuando se ven movimientos en la sala, comentarios entre  varios, señales, cuando entra la policía, etc., uno pierde el hilo de lo  que decía.
Nunca ha de pararse.  Ha de salvar el trance hablando sin  decir nada durante el tiempo que convenga hasta coger el hilo de lo que  se decía, lo cual a veces no es nada fácil. Frases como, "es indudable  que en todo caso hay que ser conscientes de que los problemas exigen una  solución adecuada a la naturaleza de los mismo, pues corresponde a la  naturaleza de casa cosa una igual correspondencia en su resolución, otra  forma de actuar contribuiría a confundir la forma de concebir las  soluciones de aquellos aspectos más transcendentes…" y con cualquier  frase de puente, podemos volver al camino original. Quizás los más observadores podrán notar algo raro en el transcurso de  la incoherente frase, pero es que realmente aunque para nosotros parezca  que ha pasado mucho tiempo, la gente presente en las sala, no se ha  percatado pues en conjunto se ha tratado de segundos.
Es importante elegir bien la hora.  Que no coincida con partidos de  fútbol retrasmitidos por televisión, ni con actos similares de signo  parecido.  La 7 u 8 de la noche es una hora habitualmente buena en  España.  La sala ha de ser cuidadosamente elegida y decorada.  Es  preferible una sala pequeña atestada que una enorme, con más gente que  la otra, pero que se vea vacía.  El último acto en Barcelona después de  salir yo de la cárcel, resultó un fracaso por la elección de una sala  enorme.
No hay que mirar a un solo punto de la sala, y menos a la mesa o al  techo.  hay que ir cambiando la vista de lugar, mirando por igual a las  primeras filas que a las últimas.  Unicamente resulta un poco forzado mirar a un segundo piso si lo hay. Pero nunca hay que tener la vista  fija.  No hay que hablar rápido.  Siempre mantener la calma e ir  pensando en ello para no "dispararse", así se dispone de más tiempo para  pensar.
Darse cuenta de cuando el público está cansado.  En ese momento hay que  caminar ya hacia el final del acto, procurando decir lo más importante  de lo que nos queda en el tintero.  Los brazos deben ayudar a la  expresión, pero sin exageración.  Hay que estar atento de lo que pasa en  la sala y a las mínimas expresiones del público.  Siempre hay en la sala  en que va asistiendo con la cabeza, o negando.  "El orador tiene el  auditorio al cual se dirige un punto permanente de referencia -escribe  Hitler-, siempre que sepa leer en la expresión de sus oyentes hasta qué  puntos éstos son capaces de seguirle y comprender sus ideas".  ha de  estar pendiente de todo lo que ocurre y hacer los oportunos comentarios  en los momentos precisos,  aunque sean totalmente fuera de texto  previsto.
 QUE DECIR EN UN DISCURSO
Lo profundo da categoría y lo divertido llena.  Creo que lo ideal es  ser siempre profundo y divertido. En general los mítines organizados por un partido, se llenan con  simpatizantes de ese partido.  No hace falta pues preocuparse de aclarar  algunos puntos que para la gente de la calle estrían oscuros, sin  embargo hay que ser claro y sencillo en la exposición. Hitler dice que si el orador "nota que sus oyentes no parecen hallarse  convencidos de la veracidad de lo expuesto, optará por repetir lo mismo  cuantas veces sea necesario, siempre en forma de nuevos ejemplos, refutando las objeciones que, sin serle hechas, capta él del auditorio y  las replica y desmenuza hasta que, en definitiva, el último sector de la  oposición revele a través de su actitud haber capitulado ante la lógica  argumentación del orador". Esto tiene ahora relativamente poca importancia en los mítines pues,  como queda dicho, se llena de correligionarios.
Siempre hay que pensar  en esa 5, 10 o 100 personas que no nos conocen y a ellas hay que dirigir  una parte de nuestra rgumentación, pero realmente la necesidad indicada  por Hitler ahora la tenemos raspasada a la televisión o al parlamente,  toda vez que los debates parlamentarios son retrasmitidos por  televisión.
En este caso hay la indudable dificultad de que no puede verse al  público.  Cuando la "oposición" va a un mitin que no es de los suyos,  solo lleva intensiones destructivas.
Como he dicho antes, lo importante es la forma de decir las cosas, más  que las cosas en sí.  Hay que utilizar ejemplos muy gráficos,  independientemente de que sean adecuados o no.  si queremos justificar  la conveniencia de ir poco a poco y paso a paso, sin grandes accione  espectaculares. Cuanto más multitudinario es un acto, tanto más generales han de ser  las ideas.
Lo importante pese a todo, es la forma de decir las cosas.  Hay que  procurar evitar el hablar como en las sinfonías clásicas que veinte  compases antes de terminar ya se adivina el final.  Hay que salir sino  con ideas nuevas, con formas nuevas de presentar esas ideas.  hemos de mencionar también la importancia de impostación de la voz.  Es  imposible por escrito matizar este extremo, pero indudablemente a cada  situación corresponde una peculiar impostación.  Incluso, en los  ejemplos sonoros que acostumbro a poner al dar el mana de la oratoria,  siempre destaco un discurso de Hitler en el cual logra el aplauso  general, únicamente por la impostación adecuada. Por último señalaré los puntos que Le Bon considera básicos para un  "agitador", "la afirmación, la repetición yel contagio.  la simple  afirmación, limpia de razonamientos y de prueba, es uno de los más  seguros medios de inculcar las ideas en el espíritu de las muchedumbres.
Cuando una afirmación se ha repetido suficientemente y hay unanimidad en  la repetición, fórmase lo que se llama una corriente de opinión, dando  lugar a que surja el poderoso mecanismo del contagio".
HITLER ORADOR
La simple audición, si entenderlo, de un discurso de Hitler y otro de Goebbels, nos demuestra que este último era mejor orador.  Eso, evidentemente, es abstracto, sin embargo en la práctica, Hitler unía a   su natural talento en la oratoria, un singular personal indescifrable, magnética.  Lo que llamamos carisma.
 Resulta pues adecuado apuntar algunos rasgos típicos de los discursos   de Hitler, pues resultan muy valiosos. tal como dice Le Bon, una de las características de la oratoria de  Hitler la hallamos en las afirmaciones categóricas.  En muchas ocasiones  hallamos esas afirmaciones, sin embargo, cuando el tema en cuestión   contiene alguna complicación, -economía, fenómenos históricos, etc.-, sigue invariablemente a esta afirmación, una serie de detallados y  clarísimos ejemplos, que dejan tan claramente expuesto el problema que es innecesaria explicación posterior.  No hay nada más claro para  entender la economía que los pocos discursos que Hitler dio sobre el  tema.  Son trasparentes como el cristal.
También, en el más puro estilo de Le Bon, Hitler utiliza las  repeticiones.  A lo largo de cada discurso pueden destacarse dos o tres  temas principales, y desde diversos puntos vuelve una y otra vez sobre  ellos, pero en una forma amena y sencilla.
La característica más remarcable de Hitler es posiblemente la  adaptación al auditorio, como ya he mencionado antes.  Le bastaba una  simple mirada para sentirse parte del auditorio y dialogar con ellos con  toda sencillez o con toda gravedad.
Otra de las características de los discursos de Hitler, es la  utilización del diálogo en el discurso.  esta forma era muy habitual en  él y se logra con ella un efecto de claridad y sencillez muy adecuado.
"Son otros muchos los que dicen : "Piense Ud. en que todo pesa sobre las espaldas de los jóvenes".  Pues pueden sentirse orgullosos de pasar por  esa escuela!".  Este fragmento de discurso, elegido al azar, muestra una  forma muy peculiar y habitual de Hitler en su oratoria que, repito,  produce un efecto muy cordial, de familiaridad.
A través de esos diálogos, consigue Hitler exponer ideas muy profundas  en forma muy sencilla. También es normal en Hitler la puntualización de soluciones o de  problemas a través de primero, segundo, tercero, etc. Y en general sus  discursos cuentan con una parte inicial histórica, evocando los primeros  tiempos de lucha, para pasar luego a los temas del momento.  En general  este hecho se explica porque casi siempre tomaba la palabra en  conmemoraciones de hechos del partido.
La idea de Hitler de que debía empezarse en forma moderada, casi  rutinaria, con la voz monótona durante una hora, para pasar en la  siguiente a actitudes combativas, continuar en la tercera en igual forma  y volver en la cuarta hora al período inicial, no tiene a mi entender  muchas posibilidades de éxito hoy día.  Al contrario, soy de la opinión  de que lo que conviene es actuar justamente a la inversa, contando con  el entusiasmo del público desde el primer momento.  Siempre hay alguien  entre los espectadores dispuesto a aplaudir en un momento oportuno, en  ocasiones una especie de "clacla" puede arrastrar al público.  El  aplauso difícil es el primero, por ello conviene evitar que con un largo  prólogo inicial el público de amodorre.

CONCLUSION
Es definitiva cuando se carece de las virtudes innatas de los grandes  oradores, que en definitiva no son demasiados a lo largo de la historia, hay que prepararse meticulosamente para la actuación en público.  No hay  realmente sistemas patentados, y por ello cada cual sobre la marcha puede ir logrando la "técnica" adecuada.  Yo he expuesto aquí algunos  puntos básicos debido a mi experiencia, pero hay que tener en cuenta que  cuando me hallaba en el colegio, prefería que castigasen que salir a  hablar en público.  Sólo a base de voluntad logré tomar la palabra sin  dificultad en cualquier acto.
Los mítines tienen el gran inconveniente de que han de ser "éxitos". No pueden resolverse como uno quiera sino como quiera el público.  En una conferencia en la que se trata de exponer un tema, es conveniente  también tratar de hacerla amena a base de anécdotas o comentarios  ingeniosos, pero no es obligatorio.  Si la gente se cansa, que se canse  y si se va, que se vaya.  El objetivo de una conferencia es formar a una  gente que se supone va con esa intención, pero en un mitin el público  espera pasarlo bien y debe conseguirse que salga con una moral de lucha.
 Eso es lo importante, lo demás carece de interés. Por ello a mí que no me resulta ningún problema hablar durante una hora  sobre cualquier tema en plan de conferencia, me es verdaderamente  molesto un mitin, pues, como digo, cada uno debe superar al anterior.  Hay que prepararlos concienzudamente y tener presente que siempre se  puede seguir aprendiendo.  Es preciso asistir a los mítines de los que  tengan más fama de buenos oradores para seguir aprendiendo siempre. Cuando Tarradellas volvió del exilio en medio de una campaña  multitudinaria preparada por todos los partidos en liza , sus palabras:  "ja soc aquí" (ya estoy aquí) constituyen una de las genialidades  oratorias más inteligentes de los últimos tiempos.  Esa simple frase  -ignoro si escogida por él o pro un equipo de publicidad- , fue más  elocuente que todo un largo discurso.
En un acto en Valencia nuestro presidente Pedro Varela utilizó un  sistema muy útil para un mitin.  Aunque no recuerdo bien los temas, fue  queríamos.  "El capitalismo quiere un obrero …, nosotros en cambio  queremos un obrero…".  Esto fue de gran efecto pues el aplauso era  obligado al término de cada comparación.  Yo utilicé ese mismo sistema  en un mitin mío en Madrid con igual éxito.
El que quiere ser orador -y todo mando de CEDADE lo ha de ser, mejor o  peor-, debe asistir a mítines, propios o extraños, desde un punto de  vista pedagógico, observando aquello pasajes que causan más impacto en  el público y los motivos por los que esto ocurre.
En un mitin dado por Jesús Suevos en Barcelona, la parte más notable  tuvo lugar cuando dijo la frase: "En Yalta se reunieron Churchill,  Roosevelt, Stalin… tres criminales de guerra".  Lo lógico es que esta  frase hubiese sido pronunciada en forma de crescendo hasta convertirse  en grito al llamarles criminales de guerra. Suevos hizo exactamente lo  contrario.  Empezó a un nivel normal, y fue bajando paulatinamente hasta llegar casi a un susurro.
Nadie esperaba por su tono de voz que fuese a  llamar criminales de guerra a los tres grandes, especialmente si tenemos  en cuenta que en la sala se hallaban presentes todas las autoridades  civiles y militares.  Creo que puede calificarse de genial esta forma  elegida, pues evidentemente contrastó plenamente su voz casi apagada con  el estruendoso aplauso que la siguió.
No hay pues sistemas "estáticos", y siempre conviene ir aprendiendo,  así como saber en todo momento cual es el objetivo a conseguir en cada  acto.
Cuando el famoso acto de Madrid en el cual la prensa en pleno  abandonó ostensiblemente la sala molesta por mis alusiones, el público  quedó entusiasmado del acto, de mi improvisación y de mi sangre fría,  pero realmente cometí un grave error.  Tenía ante mí a toda la prensa  española, a los más destacados periodistas y de hecho el mitin, en  detrimento del público debería habérselo dado todo a ellos.  Les tenía a  todos juntos y les podía convencer pues en lo que llevábamos de acto,  mirando sus rostros, podía ver que se lo estaban pasando bien.  Si por  ejemplo en un mitin vemos que hay una gran masa de gente ajena a  nosotros, hay que dirigirse preferentemente a ellos y procurar ver si  son obreros , estudiantes, etc. para enfocar el discurso en este  sentido.
Es indudable que la voz tiene una importancia muy grande, como ya he  dicho.  Se puede elevar el tono de la voz, se puede gritar, pero ha de  ser natural.
Hay algunos que creen que un mitin es dar una conferencia  a gritos y eso es falso.  Cuando escuchemos a Hitler debemos tener  presente que en alemania se habla así, es un idioma más duro y, por otro  lado, hemos de pensar que se ha perdido la costumbre.  Un "crescendo",  empezado débilmente y ulminando con toda la fuerza de nuestros  pulmones, puede ser de un gran efecto peto es preciso, primero que el  tema lo exija y , segundo, que lo logremos pues muy probablemente  tendremos que tomar aire antes de acabar la frase o llegaremos al final  sin haber alcanzado el punto máximo de la voz.  Sólo en unos pocos casos  Goebbels y Hitler logran la perfección al respecto.
ARTE DEL DIALOGO Y ENTREVISTAS
Mientras día a día me preocupa más intervenir en un mitin,  contrariamente en una emisora de radio o ante un público hostil, me  encuentro cada día más a gusto.
El orador, como ya he dicho, o más exactamente el saber hablar, es una  práctica que tiene varias facetas.  No podemos dominar un en detrimento  de las otras.  Hoy las necesidades políticas van más allá de los grandes  mítines y es por ello necesario, aplicar parte de lo dicho, a los  diálogos, entrevistas, etc. Lo primero que hay que tener en cuenta es que cuando en un diálogo en  la radio, en un colegio, etc., o en cualquier ambiente contrario, los  interlocutores o el público hagan sus preguntas, se limitarán siempre a  notorio que nuestros adversarios, particularmente sus oradores  controversistas -escribe Hitler- aparecían en escena con un "repertorio"  determinado y en el cual se repetían siempre los mimos argumentos contra  nuestros acertos", añadiendo que "en cada uno de los discursos, era  esencial orientarse previamente acerca del probable contenido y la forma  de objeciones que podrían ser formuladas en el curso de la discusión,  para según eso analizarlas minuciosamente ya el propio discurso.  Convenía desde el comienzo mencionar las posibles impugnaciones del  adversario y demostrar su inconsistencia".
Estas observaciones siguen teniendo validez, pero más bien aplicadas a  las "conferencias" que a los mítines.  También tienen especial valor en  las entrevistas radiofónicas o televisivas.  En ese caso el público no  podrá hacer objeciones, pero las estará pensando y es preciso sacarlas a  colación en el propio discurso o diálogo.
Dice muy acertadamente Le Bon que "el arte de los gobernantes, como el  de los abogados, consiste en saber manejar las palabras .  Una de las  grandezas de este arte es que,  en una misma sociedad, las mismas  palabras tienen, por lo común, sentido muy diferente para las diversas  capas sociales".  Las palabras son muy importantes, especialmente cuando  por el uso quieren decir mucho más de lo que realmente dicen.  No se  puede decir ante un colegio Mayor que uno es "antidemócrata".  Se puede  razonar una postura antidemocrática, pero , pero sin mencionarlo  específicamente así.
Algo que hay que evitar en toda discusión, bien sea radiofónica o en  cualquier "mesa redonda", es ir al terreno del interlocutor.  Hay que  tener en cuanta que desde los licenciados en historia contemporánea, hasta los peones de tercera categoría, nadie tiene la más mínima idea de  la ideología nacionalsocialista. Cualquier militante de CEDADE, por poco  formado que esté, tiene las de ganar en cualquier debate.  Por ello el    interlocutor, cuando vea que está perdido, especialmente si es un buen locutor profesional, procurará llevarnos al tema que a él le interesa.  hemos de evitarlo a toda costa.  Si no queremos ir a su terreno, podemos  volver al que nos interese con cualquier excusa.  A la pregunta  formulada por un periodista "Que hay de los seis millones?" un camarada  contestó hablando sobre los seis millones… de parados.
Si de cualquier otra forma nos apartan del tema del que queremos hablar hemos de volver a él dejando de lado cualquier

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»LA ORATORIA (Jorge Mota)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «LA ORATORIA (Jorge Mota)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

La melancólica muerte dle chico ostra (Tim Burton)

Que Tim Burton es un director con una imaginación desbordante y creador de infinidad de películas mágicas y escenarios oníricos no es ningún secreto. Pero quizá es menos conocida su faceta de escritor y dibujante. Con La melancólica muerte de Chico Ostra debutó en el terreno literario con una propuesta que no deja indiferente. Es un librito muy corto construido a base de pequeños cuentos en forma de poemas. Algunos son tan breves como una estrofa de cuatro versos (a veces incluso menos) y otros son un poco más extensos, de unas pocas decenas de versos.

En cada relato se muestra todo el mundo de Burton a flor de piel. Se trata de un conjunto de personajes de lo más original, generalmente niños a los que les suceden cosas de lo más macabras y crueles. Pero también hay tiempo para la emotividad, la ternura y el sentido del humor. Así, nos encontramos amores imposibles, niños no queridos, otros que reniegan de sí mismos, niños sin amigos, melancólicos, desesperados, extraños, diferentes… marginados en definitiva, y que para colmo siempre van a encontrar un final bastante cruel, aunque como ya digo, el humor negro está bastante presente.

Para ilustrar al lector e implicarlo de una manera muy efectiva, la Editorial Anagrama ha decidido incluir las ilustraciones creadas por el propio Burton junto a los poemas, y forman un complemento perfecto y que se antoja inseparable para que el libro funcione convenientemente.

Todos los personajes son de lo más original, empezando por su estética, su apariencia, sus extrañas habilidades o forma de vida. Chico Ostra, Ojos de clavo, Chico Tóxico, Lady Alfiletero, Cabeza de melón, Carboncillo, son sólo unos pocos de los que nos encontraremos entre las páginas. Si uno ha seguido más o menos la filmografía de Tim Burton, entre estos versos no le va a ser difícil encontrar más de una referencia y bastantes similitudes con algunos de los personajes de sus películas. Por ejemplo, con Eduardo Manostijeras, o la estética de Pesadilla antes de Navidad, Bitelchús o La novia cadáver.

Como poesía que es, está claro que el idioma original es un impedimento para el resto de los países. Lo cierto es que hay que amoldar los versos, no sólo ucirlos al castellano, sino que también hay que cambiar palabras, nombres propios, alguna ubicación y crear rimas, con lo que se convierte en un trabajo bastante complicado. El resultado de la traducción conseguida es bastante bueno, es cierto que hay varias rimas forzadas, o directamente inexistentes, pero todo sea para conseguir no alejarse demasiado a lo que Burton pretendía contar y preservar su espíritu, y es evidente que se ha hecho un buen trabajo porque está más que conseguido, incluso se ha logrado que casi todos los versos cuenten con el mismo número de sílabas, ocho generalmente.

Esta edición cuenta en su parte final la versión original en inglés, para que tengamos la posibilidad de comparar todo este trabajo y comprobemos las expresiones, palabras exactas y rimas utilizadas por el autor.

Autor

Director, guionista, productor, escritor, dibujante y artista plástico estadounidense, Tim Burton es el genio creativo que está detrás de películas tan célebres como Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Pesadilla antes de Navidad, Ed Wood, Sleepy Hollow, Big fish, La novia cadáver o Charlie y la fábrica de chocolate.

Empezó su carrera en Disney como dibujante, después, su primer proyecto fue un corto de seis minutos como homenaje a su admirado actor Vincent Price. Su segunda película, Frankenweenie, de veintisiete minutos, fue juzgada no apta para niños y nunca estrenada. La melancólica muerte de Chico Ostra es su primer libro.

Sinopsis

Una serie de relatos en forma de poema en la que se nos presenta una galería de niños solitarios, extraños y diferentes, fiel a la estética y al universo de Tim Burton que tantas veces hemos visto en sus películas.

www.ociojoven.com

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»La melancólica muerte dle chico ostra (Tim Burton)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «La melancólica muerte dle chico ostra (Tim Burton)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)

Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes TÍTULO=»\indice1\»>1.

El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet TÍTULO=»\indice2\»>2.

Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944) TÍTULO=»\indice3\»>3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.

Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.

Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.

La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.

Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.

Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.

También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.

Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.

La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.

Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.

En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.

No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador) TÍTULO=»\indice4\»>4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas TÍTULO=»\indice5\»>5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.

Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.

Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.

Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:

“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).

Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «

Para saber más

Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:

  • TÍTULO=»\biografía\»>Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
  • Web personal de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También hay un foro de noticias sobre el escritor muy recomendable.
  • El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías). 
  • En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
  • También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
  • En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
  • El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.

 

 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI